Hasta que un malo malísimo nos afeó el buen rollo bajo el pretexto de que “los perros no pueden estar en la playa”, aunque estemos a 50 metros de la toalla más cercana. Maldita felicidad que te ciega y te hace olvidar que estamos en Españistán y que aquí puede haber corruptos gobernando pero no perros en las playas.  En fin, que levantamos el campamento no sin antes preguntar si le parecía que estuviéramos molestando a alguien, por miedo a que su mala leche le hiciera llamar a la policía local y el momento de felicidad hasta entonces gratuito nos acabase costando 300 euros.

 

Y así es como este señor acabó de golpe con la sensualidad de los últimos días de verano. Desde entonces he decidido ser tan intransigente como el malo malísimo y me niego a comprar en ningún comercio que ponga prohibido perros en su entrada.  Hago el amago de entrar y luego me doy el gustazo de salir mientras miro el ridículo cartel.  Para que sepan que lo hago por fastidiar.  Sería mucho más feliz recordando los días de playa, pero un ogro adelantó mi otoño y esta es mi venganza.

Raquel Artiles Gaillard, periodista

@Reichelini

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