Pero esta pequeña teckel entradita en carnes con una intuición propia de su especie todavía tiene guardada en la manga su lección más magistral; su afecto y afán de protección se activan en una versión más intensa ante mi cuñada Helvia, una preciosa mujer con parálisis cerebral a la que vamos a ver cada fin de semana al centro de discapacitados donde reside. Al llegar en coche siempre nos invade la tristeza de saber que lo que nos vamos a encontrar no mejorará nunca. Frida en cambio comienza a batir el rabo desde que pasamos el peaje para entrar en Alella. A medida que nos aproximamos comienza a gemir como siempre hace cuando no puede aguantarse las ganas de llegar. Es feliz. Entra por la puerta ladrando y buscando a Helvia, y no descansa hasta que la cogemos en brazos para que pueda darle lametones y recostarse en su pecho para que pueda sentir su cariño. Cuando se calma un poco se sienta junto a ella y es el único momento de su vida en el que ni un gato huidizo ni un filetazo de kobe sería capaz de hacerle bajar la guardia y olvidarse de Helvia.

Me sorprende que su pequeña y básica cabecita tenga tan claras sus prioridades y admiro que, además, su devoción no sea producto de la mala conciencia o la pena, me alucina su actitud alegre, eufórica, su incondicionalidad, la ausencia de prejuicios ante todos los que formamos parte de su vida y, de entre todos nosotros, ese plus de perrunidad (lo siento, pero humanidad se me queda corto) que demuestra ante un ser frágil como Helvia.

Raquel Artiles Gaillard, periodista

@Reichelini

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